La labor del profesorado siempre ha estado en el punto de mira de la sociedad, con opiniones generalmente controvertidas.

Si, en particular, hablamos del profesorado universitario, no es difícil identificar estereotipos sobre la actividad profesional que dibujan una realidad distorsionada negativamente. Cuando menos, una actitud acomodada, que no se corresponde con lo que efectivamente sucede en su trabajo cotidiano.

Desde hace ya muchos años, en contraposición a esa idea, al profesor universitario se le exige la excelencia académica. Ahora bien, ¿puede un profesor ser excelente cuando su carrera académica le enfrenta continuamente a una auténtica aglomeración de tareas, algunas tan dispares que resulta difícil que todas y cada una de ellas puedan ser desarrolladas con solvencia? No sólo es atender a la docencia o publicar sus investigaciones, como cabría esperar, sino que el profesor debe abordar todo un repertorio de trabajos que, como mínimo, le impiden un desempeño eficiente de las tareas principales.

Así, además de actualizar, innovar, coordinar, controlar, preparar e impartir clases de Grado y Máster, el profesor debe atender a las tutorías, seminarios, corregir exámenes, dirigir trabajos en clase, proyectos de fin de Grado y Máster y, en muchas ocasiones, teniendo a su cargo a cientos de alumnos. En materia de investigación, entre las actividades más habituales que se piden al profesor cuentan la dirección de tesis doctorales, la elaboración de trabajos científicos como artículos o libros, en los que, además, se exige que sean publicados en soportes con un alto grado de impacto (mayoritariamente en inglés, una lengua que no es la propia), la asistencia a congresos, o estancias en centros extranjeros, la difusión de los resultados mediante transferencias o patentes e, incluso, la búsqueda de financiación para sus propias investigaciones. Pero, igualmente, se pide al profesor que contribuya al gobierno de la universidad, cuando no gestionando directamente sus órganos, al menos asistiendo a múltiples reuniones, comités, evaluaciones o tribunales, actividades todas ellas impregnadas de áridas tareas administrativas. Y todo ello, en un contexto en el que el número de titulaciones oficiales (Grados y Másteres) ha aumentado sustancialmente, a la vez que los recursos financieros y humanos puestos a disposición de las universidades se han reducido.

Parece difícil admitir que un profesor pueda desarrollar toda esta ardua tarea y salir airoso. Pero, generalmente, así es. Con gran esfuerzo, el profesorado ha sabido adaptarse a las condiciones de un mundo académico altamente competitivo que exige múltiples habilidades, constante dedicación y renovación continua.

Al profesor, sin embargo, no le resulta fácil sostener esta enorme dedicación a la academia sin sacrificar el tiempo dedicado a su vida privada. Un estudio de la Universidad de Murcia sostiene que el casi el 85% de los docentes sufre de estrés crónico y, por tanto, existe un elevado riesgo de que acabe perdiendo la motivación laboral. El profesor necesita estímulos para mantener este alto nivel de actividad, y no es fácil encontrar los más adecuados. Generalmente, no es una cuestión que pudiera resolverse solo en términos salariales, sino fundamentalmente de proporcionar al profesor elementos que le permitan alimentar la motivación por su trabajo. De ahí que una universidad que apueste por la calidad, debe ayudar a los profesores a encontrar ese punto de ilusión que necesitan, para desarrollar su actividad de forma excelente.

La Universidad de Salamanca es, desde hace ochocientos años, una institución singular y genuina. La más antigua de España y la que tiene más amplio reconocimiento. Su trayectoria ha dado muestras de las más grandes iniciativas y ha mantenido con firmeza unas señas de identidad propias que le han valido un enorme respeto en cualquier parte del mundo. Pero, si quiere mantener esta reputación en el futuro, será necesario adaptarse a las nuevas exigencias que determinan la posición de las universidades en el mundo académico internacional. Esto no es posible si no se dispone de un colectivo de profesores que funcione al cien por cien, esto es, implicado con la institución, ilusionado con su tarea y satisfecho de que su trabajo queda reflejado firmemente en la formación de los alumnos.

Siempre se ha asignado la responsabilidad de la motivación del aula al profesor. Esto puede que deba ser así pero no es menos cierto que, si contamos con alumnos trabajadores y exigentes, deseosos de aprender, al profesor le resultará mucho más fácil realizar el esfuerzo que requiere la actualización de conocimientos para ofrecérselo a los estudiantes. Cuando éstos se muestran deseosos de recibirlos, al profesor le resulta altamente placentero y motivador. Y si el profesor está motivado, si se emociona, también será fácil emocionar a estos alumnos. En definitiva, se trata de crear un círculo virtuoso en el que ambos, profesor y alumno, se compenetren armónicamente para satisfacer y alcanzar los objetivos de ambos. Sólo es posible entrar en esta dinámica si la Universidad apuesta por la calidad.

¿Cómo puede ayudar la institución académica en este proceso? Por una parte, la Universidad debe proporcionar a los jóvenes profesores que se incorporan, un esquema claro y concreto de la carrera profesional, de forma que, si el profesor cumple adecuadamente con ella, en plazos y calidad, la Universidad cumpla también con el compromiso de su consolidación como docente. Y, cuando esto llegue, si el profesor continúa implicado en su dedicación académica dentro de la institución, ésta deberá responder proporcionando las vías necesarias para la promoción a los cuerpos académicos superiores. Por otra parte, la Universidad debe trabajar activamente por encontrar los alumnos más brillantes y exigentes para que cuando el profesor dé muestras de cansancio, sean estos los que contribuyan a que pueda reencontrar la motivación y la ilusión para seguir siendo excelente. Pero la institución todavía puede hacer más por mantener al profesor ilusionado proporcionándole las mejores herramientas para el desempeño de su actividad, por ejemplo, ofreciéndole acceso a las tecnologías de la información y comunicación necesarias para la docencia y la investigación. En el ámbito de la docencia, estas herramientas contribuyen no sólo a que el estudiante satisfaga adecuadamente sus expectativas respecto a la adquisición de sus competencias, sino también a extender su experiencia de aprendizaje más allá del aula.

Otro factor de motivación del profesor es su papel como maestro de nuevos docentes, los depositarios de su herencia. Este es, sin duda, uno de los factores más estimulantes para el profesor senior, que ve en el nuevo profesor en formación el receptor del acervo adquirido a lo largo de su trayectoria académica, sobre todo en el ámbito investigador. Tras varios años de sufrir las restricciones derivadas de la aplicación de la “tasa de reposición” del profesorado vacante, nuestra Universidad ha quedado seriamente “descapitalizada” en algunas áreas de conocimiento, de forma que es más necesario que nunca abordar urgentemente la incorporación de nueva savia a la institución y, antes de que los profesores se lleguen a jubilar, darles la oportunidad de entregar el testigo de su experiencia y formación.

Todas estas acciones que puede ejercer la Universidad para fomentar la calidad y dedicación de sus docentes requieren disponer de nuevos recursos financieros. La reposición, estabilización, promoción y consolidación del profesorado demanda financiación adicional. Atraer alumnos brillantes requiere dotación de becas. Adquirir tecnologías de apoyo a la investigación y la docencia exige inversiones importantes. En momentos como el actual, donde se debate el modelo de financiación de las universidades y donde parece que, al menos a corto y medio plazo, las universidades no van a recibir nuevos fondos públicos, la Universidad de Salamanca debe hacer los esfuerzos necesarios para complementar externamente recursos financieros.

Así pues, mientras no se defina con claridad el modelo que determine el nivel de financiación pública suficiente, nuestra Universidad debe esforzarse por atraer nuevos fondos complementarios. Los expertos nos envían señales claras acerca de los pasos a dar. En este sentido, Thomas Estermann, responsable de la Asociación Europea de Universidades, recomienda a éstas realizar un esfuerzo para incrementar los recursos financieros por la parte privada que podrían llegar a través de nuevas fuentes: spin offs (empresas creadas por la Universidad a través de resultados de la investigación), servicios adicionales a la enseñanza reglada como, por ejemplo, formación continua, oferta de estudios a la medida para las empresas, búsqueda de donaciones de antiguos alumnos, filantropía y patrocinios de empresas vinculadas a la Universidad, etc…

La Universidad de Salamanca no debe permanecer estática en la tarea de buscar nuevos recursos financieros para adquirir los elementos necesarios que ayuden al profesorado a mantener su nivel de excelencia. Sólo de esta forma podremos contribuir a que nuestra Universidad continúe mereciendo el reconocimiento legítimamente adquirido durante ochocientos años y del cual somos depositarios responsables. Ha llegado la hora de velar por el profesorado.

                                       Alberto de Miguel, catedrático de la Universidad de Salamanca

Escrito por Juan M. Corchado

Vicerrector de Investigación y Transferencia - Universidad de Salamanca // Vice President for Research and Technology Transfer - University of Salamanca