Según el Ministerio de Educación, en 2015 se presentaron en España más de 14.000 tesis doctorales. De ellas, el 93% se defendieron en universidades públicas (354 en la de Salamanca). Quienes superan ese proceso culminan su formación con el último tramo que les cualifica como expertos en su área, y que les abre las puertas de la investigación.

A pesar de ello, solo el 15% de los doctores con empleo trabaja en el sector empresarial, donde en líneas generales no se valora lo suficiente ese grado de especialización. Esto tiene que ver con el tamaño y la tipología de la mayoría de las empresas, pero también con una cierta cultura que asocia de forma automática los estudios de doctorado con la carrera universitaria o el trabajo en algún organismo público de investigación (OPI), como si fueran las únicas salidas.

Hacen falta más doctores en las empresas. Lo ha dicho hace unos días el secretario general de Ciencia e Innovación del Ministerio, que también preside el CDTI, y estoy de acuerdo.

Los universitarios que superan el doctorado son profesionales con una preparación excelente, que a la formación de grado le suman un máster y un trabajo de investigación elaborado con altos estándares de calidad. Es un proceso complejo con el que muchos graduados no se atreven, quizás porque no ven claro qué les puede aportar en una carrera laboral fuera del sector público.

Y sin embargo, estoy convencido de que los doctores pueden aportar muchas cosas en el ámbito empresarial, por su preparación y su capacidad para liderar proyectos de investigación. Esto lo están entendiendo algunas compañías, sobre todo las de un tamaño medio y grande. Por un lado, este tipo de empleados refuerzan de manera directa los departamentos de I+D, y los ejecutivos de estas empresas son conscientes de que contando con doctores en sus plantillas la colaboración con grupos de investigación de universidades y OPIS es más sencilla. En otro plano, la incorporación de doctores refuerza la imagen de la empresa como una entidad innovadora y socialmente responsable.

Desde las administraciones públicas se fomenta la contratación de doctores por parte del sector privado, por ejemplo a través de los programas de doctorados industriales, pero también primando a las compañías que cuentan con doctores en sus plantillas en la evaluación de los proyectos de investigación e innovación empresarial.

Este es uno de los retos de la universidad del siglo XXI. Tenemos que ser capaces de demostrar que la incorporación de doctores al sector privado es un proceso que aporta valor, y no solo económico. Para eso es preciso reforzar nuestra capacidad de dar a conocer el potencial de este tipo de profesionales y del resultado de sus tesis, algunas de las cuales apuntan directamente a una aplicación industrial que muchas veces no se aprovecha.

Eso es algo que intentamos hacer en Salamanca a través de instrumentos como la Escuela de Doctorado, que concentra y organiza los recursos del tercer ciclo universitario.

Resulta esperanzador ver cómo en la mayoría de las spin offs y en muchas de las start ups que se instalan en el Parque Científico de Villamayor el porcentaje de doctores es mucho más elevado que ese 15%. De hecho, en no pocos casos son doctores universitarios quienes las crean. Pero necesitamos aumentar ese flujo de capital humano altamente preparado de las universidades al sector privado, y de hacerlo a todos los niveles, no solo en las empresas que tienen departamentos de I+D o en las de perfil tecnológico. Si lo conseguimos, aportaremos un nuevo atractivo a este tipo de estudios, y contribuiremos a que el tan deseado cambio en el modelo productivo sea una realidad.

 

 

 

Escrito por Juan M. Corchado

Vicerrector de Investigación y Transferencia - Universidad de Salamanca // Vice President for Research and Technology Transfer - University of Salamanca