Los estudios de ingeniería son una de las piedras de toque con las que valorar el desarrollo de los territorios, porque el crecimiento industrial necesita de ingenieros. El progreso no se concibe sin contar con profesionales cualificados, empezando por las titulaciones de corte técnico.

Con un origen aplicado, dichos estudios se pusieron en marcha en el siglo XIX. Pero ahora, cuando afrontamos la cuarta revolución industrial, la de las fábricas inteligentes con máquinas interconectadas y gran cantidad de datos con los que optimizar todos los procesos, vivimos la paradoja de contar con cada vez menos titulados en ingenierías.

En España la matrícula ha descendido un 24% en cinco años. El problema no es solo nuestro, porque la OCDE y la Comisión Europea vienen reclamando políticas para incentivar la matrícula en este tipo de titulaciones a nivel global.

Para conseguir más ingenieros (sobre todo mujeres, ya que el porcentaje de graduadas es escandalosamente bajo) es preciso hacer atractivos dichos estudios. Muchas de nuestras escuelas de ingeniería enfocan sus esfuerzos en los centros donde se imparten secundaria y bachillerato. Pero para completar su labor tenemos que incidir también en edades tempranas.

Las matemáticas, la física, la geología y la química están en la base del conocimiento aplicado. El estudio de los materiales, la termodinámica y la automatización son algunas de claves para el desarrollo de nuevas tecnologías. Los robots que fascinan a los más pequeños salen de las manos de ingenieros como los que formamos en las universidades de Castilla y León. Por eso cada vez más se ponen en marcha retos para estudiantes de primaria y secundaria en los que, a partir de una formación mínima, son capaces de diseñar y poner en marcha robots construidos a través de impresoras 3D.

Si la parte lúdica y el desafío de resolver problemas donde otros han fallado no es suficiente, es el momento de echar mano de algo más prosaico: La demanda de graduados en ingeniería está creciendo por encima de la media del resto de titulaciones, con sueldos iniciales de entre 40.000 y 50.000 € brutos al año en España. Y en otros países, las cifras se incrementan de forma notable.

El sector productivo de Castilla y León no puede avanzar sin ingenieros e ingenieras con capacidad para innovar. Tenemos los centros de enseñanza, las empresas que ya funcionan y las que se están creando con la recuperación. Sería una lástima que en un par de años el crecimiento se ralentizara por falta de profesionales.

 

Este artículo fue publicado por el suplemento Innovadores de El Mundo de Castilla y León

 

 

Escrito por Juan M. Corchado

Vicerrector de Investigación y Transferencia - Universidad de Salamanca // Vice President for Research and Technology Transfer - University of Salamanca