La historia del siglo XIX es la de los grandes descubrimientos científicos que alumbraron la época contemporánea.

Investigadores de Gran Bretaña, Francia, Alemania y los Estados Unidos, entre otros países, desarrollaron una actividad formidable que dio lugar a una transformación nunca vista en materia de energía, materiales y biología, por señalar tres áreas concretas. Hace unos días se ha conmemorado el descubrimiento oficial de la Antártida, que correspondió a una expedición rusa comandada por Fabian Gottlieb Von Bellingshausen, un marino de origen alemán. Desde sus dos barcos, el Vostok y el Mirny, divisaron el 28 de enero de 1820 las costas del continente helado.

No fue un descubrimiento casual. Su expedición se pasó dos años cartografiando los mares del sur, en un trabajo muy importante que tuvo su reconocimiento al finalizar.

Más allá del aniversario, la referencia de la Antártida me sirve para reflexionar sobre la actividad científica de algunos de mis compañeros de la Universidad de Salamanca que estudian el cambio climático desde una perspectiva muy interesante.

Me refiero a los geólogos José Abel Flores y Francisco Javier Sierro, y a la matemática Carmen Domínguez. Tres científicos de reconocido prestigio (los dos primeros, galardonados con el Premio Castilla y León de Protección del Medio Ambiente) que llevan a cabo parte de sus investigaciones en la Antártida.

Después de meses de estudios en Salamanca y otras ciudades del mundo occidental, escudriñando series de datos para valorar los cambios en el clima durante miles de años, los tres se embarcan, literalmente, en expediciones científicas en las que tomar muestras y analizar la naturaleza en condiciones complejas. Algunas de ellas con destino a esa Antártida tan lejana cuya sola mención ya produce algo de frío.

Como investigador que ha participado en la campaña oceánica Atlantic Meridional Transect hace muchos años, cuando trabajaba en el laboratorio Oceanográfico de Plymouth,  me admira la capacidad de compañeros como José Abel, Paco y Carmen, porque además de ser buenos en su trabajo científico deben prepararse física y mentalmente para hacer parte de su labor en condiciones muy complejas. Y por otro lado, sus aportaciones al conocimiento del clima son relevantes y necesarias. Más si cabe en un momento en que desde algunas tribunas poco informadas se vuelve a cuestionar el cambio climático y sus efectos en la vida en la Tierra.

Cualquier investigación que aporte nuevo conocimiento y contribuya a ampliar los horizontes de la ciencia es relevante y debe de ser valorada. Y eso es aplicable tanto a la ciencia básica como a sus aplicaciones y los desarrollos tecnológicos. Algunos de los trabajos de investigación son muy impactantes y sencillos de trasladar a la sociedad. Otros, sin embargo, tienen un grado de complejidad que hacen muy difícil su conocimiento y valoración por los ciudadanos.

Pero en todos los casos, se trata de trabajos muy laboriosos, con un grado de competencia e incertidumbre importante, y a veces llevados a cabo en condiciones ciertamente complejas, que en el caso de los investigadores a los que me he referido incluyen varios meses en un barco en aguas heladas o en la estación científica que nuestro país tiene en La Antártida.

Por eso, ahora que estamos pasando unas semanas de frío, y no solo climatológico, he querido recordarles y aportar mi pequeño grano de arena en la difusión de su trabajo que es, como el de tantos y tantos investigadores, tan desconocido como valioso para nuestra universidad.

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La investigadora Carmen Dominguez en la Antártida. Foto: Eraso

Escrito por Juan M. Corchado

Vicerrector de Investigación y Transferencia - Universidad de Salamanca // Vice President for Research and Technology Transfer - University of Salamanca