El desarrollo de las ciudades inteligentes implica otros retos como son la seguridad de los datos y la privacidad  de la información.

Más de la mitad de los habitantes del planeta vive en entornos urbanos, y la proyección para el año 2050 indica que ese porcentaje alcanzará el 70%, según datos del Banco Mundial.

La revolución industrial ejerció de motor de explosión en el tránsito del mundo rural a las ciudades. Primero en Gran Bretaña, y poco después en Alemania, Francia, los Estados Unidos y el resto de países occidentales que experimentaron el crecimiento vertiginoso del siglo XIX.

Londres, Manchester, Liverpool, Berlín, Frankfurt, París, Marsella, Nueva York… Las ciudades se transformaron en urbes y pasaron de ser centros administrativos y sedes del poder político y religioso a convertirse en inmensas factorías de las que salían productos textiles, papel, barcos, armas, materiales de construcción, energía y bienes de equipo, entre otros muchos.

En medio de esa vorágine de crecimiento y transformación desatada, surgieron voces que pedían mejoras sanitarias para los trabajadores y sus familias, educación para los más pequeños, la creación de zonas verdes y de espacios culturales como teatros y bibliotecas, así como transporte público, saneamiento, y seguridad. Los ciudadanos reclamaban su derecho a habitar un espacio pensado no sólo para la producción en masa, sino para alcanzar un nivel de vida mejor que el de las zonas rurales que habían abandonado.

Doscientos años después, la relación entre las ciudades y sus moradores sigue el compás del desarrollo científico y tecnológico, que hace posible nuevas formas de producir bienes y servicios de manera más eficiente, pero también de las exigencias de las personas para vivir en un entorno en el que puedan disfrutar de los beneficios del progreso.

Las smart cities o ciudades inteligentes no han surgido de la nada. Son la prolongación de esas urbes industriales de hace dos siglos, a las que se han sumado nuevas megalópolis del tamaño de Shanghai, Tokio o México DF. Quienes las dirigen -los gobiernos municipales- trabajan para dotar a sus habitantes de los servicios necesarios en materia de movilidad, energía, urbanismo y comunicación.

En este proceso juegan un papel las tecnologías, enfocadas a la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos. Un concepto industrial -la innovación- se amplía hasta englobar aspectos que tienen que ver con las actividades de las personas fuera de su actividad laboral. Y los desarrollos del sector de las telecomunicaciones juegan un factor determinante.

En una ciudad de más de 50.000 habitantes del mundo occidental podemos llamar a un taxi, consultar la nota de un examen, pedir una cita médica, renovar el préstamo de un libro o comprobar el tráfico desde un terminal móvil. La conexión entre las potentes redes desarrolladas por operadores privados y los sistemas de gestión impulsados por las administraciones, nos permite hacer todo eso y muchas otras cosas casi desde cualquier lugar, de manera rápida y con un coste directo bajo.

Por eso es preciso vigilar que la brecha tecnológica, que separa a quienes disponen de los equipos y el conocimiento para llevar a cabo esas tareas de los que no han accedido a ellos, no acabe privando a esto últimos de servicios diseñados para el beneficio de todos.

Desarrollos complejos como el Big Data o el Internet de las Cosas están permitiendo multiplicar las posibilidades de que los ciudadanos puedan acceder y utilizar volúmenes increíbles de información, pero también hacen posible que quienes gestionan los servicios públicos puedan hacerlo de una manera más eficiente, por ejemplo ahorrando energía o adaptando la oferta del transporte a la demanda en tiempo real.

Y no debemos olvidar un beneficio directo de este nuevo entorno: las oportunidades de creación de empleo en el entorno de las tecnologías que sustentan las smart cities. Estamos experimentando un cambio en los modelos de producción y distribución en el que las pequeñas y medianas empresas, lejos de vivir amenazadas por las grandes corporaciones, están surgiendo con fuerza en esos ecosistemas ciudadanos para participar en los nuevos servicios. Ahí están las start ups que empujan la economía y el empleo a través de miles de iniciativas en las que una nueva generación, la mejor preparada de la historia, está dando rienda suelta a la imaginación y la oportunidad de explotar oportunidades de negocio hasta ahora desconocidas.

Este nuevo escenario incorpora otros retos a los que hacer frente: sin ir más lejos la seguridad de los datos y la privacidad de la información.

Otro desafío importante es la unificación de los diferentes sistemas a través de los que se organiza la información, ya que las grandes empresas aspiran a que sus modelos sean hegemónicos.

Frente a quienes ven en el progreso tecnológico un peligro constante y una amenaza para los individuos, es preciso señalar las ventajas que ofrecen las ciudades inteligentes, al tiempo que los responsables de velar por los intereses de las personas actualizan y refuerzan el marco legal para evitar problemas y abusos.

Por eso conviene participar en este nuevo modelo de desarrollo con optimismo. Las oportunidades y los beneficios tienen que superar a los problemas y los retos. Se necesita una actitud positiva para sacar partido a lo que nos ofrece el desarrollo tecnológico. Porque si los ciudadanos adquieren un papel secundario en este proceso, sus opiniones contarán menos a la hora de diseñar el futuro del lugar en el que viven.

Recientemente tuve el placer de participar en un foro sobre smart cities organizado por IBM en el que participaron entre otros Nauby Jacob (Vice President Bell Canada – Wireless), en el que se analizaron varias plataformas que facilitan la implantación de estos modelos y se estudiaron propuestas existentes. Una tecnología adecuada es un elemento fundamental en la creación de modelos de ciudad inteligente, pero más importante que esto es una planificación a medio y largo plazo que mejore la vida de los ciudadanos y una implantación racional de servicios que mejoren la calidad de vida y facilitan un ahorro. Partiendo de la base de que una ciudad inteligente debe ser ser un entorno verde y eficiente desde el punto de vista energético, es muy importante que en la planificación de la misma participe toda la ciudadanía, expertos en este ámbito y todo se haga mirando al futuro, que cada día nos sorprende con nuevas tecnologías que abaratan la implantación de servicios y nos ofrece nuevas oportunidades. Estamos viendo proyectos megalómanos en los que se matan moscas a cañonazos, se implantan sistemas informáticos muy costosos y difíciles de mantener.

El Profesor Lim Hock, responsable de los Servicios de Investigación de la Universidad Nacional de Singapur, nos comentaba recientemente que a partir de los objetivos de esta ciudad estado se habían creado una serie de institutos universitarios interdisciplinares para establecer modelos que facilitaran mejoraran la vida en esta urbe: sistemas de control y gestión de inundaciones, almacenamiento de agua, gestión de tráfico y polución, gestión de las emergencias, desarrollo de sistemas de almacenamiento de combustible, armamento, creación de espacios habitables subterráneos, etc. Se trata de un modelo en el que urbanistas, investigadores y ciudadanos colaboran para desarrollar una población, que en muchos sentidos es una referencia, incluso con los niveles de superpoblación que tiene.

 

Escrito por Juan M. Corchado

Catedrático en el Área de Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial de la Universidad de Salamanca. Director del Grupo de Investigación BISITE // Full Professor in Area of Computer Science and Artificial Intelligence at University of Salamanca. Director of the BISITE Research Group

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